En este Día del Padre, invitamos a mirar el mundo interior de quienes asumen el rol de guiar, el impacto del estrés, los mandatos sociales y las enfermedades en el cuerpo, frente a la urgencia de construir espacios de cuidado libres de prejuicios.
1. El peso del silencio, el estrés y las señales que el cuerpo grita
Van pasando los años, la vida cambia y las responsabilidades se transforman. Tradicionalmente, la sociedad ha construido a los hombres bajo el mandato de «ser machos», empujándolos a habitar un espacio de soledad emocional donde deben mostrarse siempre invulnerables y ocultar sus emociones. Esta presión constante genera un cuadro de estrés crónico que, al no ser expresado, se somatiza y se convierte en múltiples problemas de salud física.
Al no contar con herramientas para canalizar este malestar, muchos hombres recurren a salidas poco saludables como el exceso de trabajo, el juego, o el consumo de alcohol y tabaco. Este mismo mandato de «ser fuertes» provoca que ignoren las señales o síntomas de alarma de su propio cuerpo. En el Perú, los hombres suelen acudir a un establecimiento de salud o buscar ser atendidos por un profesional de salud recién cuando la enfermedad está muy avanzada. Debido a esto, condiciones crónicas como el cáncer (especialmente de próstata y estómago) o la diabetes avanzan en silencio. Asimismo, la falta de una alimentación adecuada o estados de desnutrición debilitan sus defensas, dejándolos más propensos a adquirir enfermedades virales o respiratorias comunes. Cuidar la salud mental y física no es una debilidad; es una necesidad biológica para seguir estando presentes.
2. Cuestionar los mandatos, deconstruir el prejuicio y erradicar la violencia
Reconocer este mundo interior también nos exige cuestionar los mandatos rígidos de una sociedad que históricamente ha enseñado que ejercer este rol implica imponer el control, mostrarse frío o reaccionar con distancia y dureza. Lamentablemente, estas posiciones o formas conductuales no saludables a veces se traducen en desconsideración, silencios violentos o, peor aún, en violencia directa e intolerancia contra los seres queridos, especialmente contra los hijos e hijas.
Este impacto se vuelve doloroso cuando no se comprende la realidad del otro: como cuando un hijo o hija pertenece a la comunidad LGBTQ+, o convive con una condición del neurodesarrollo (como dificultades en la comunicación y la interacción social que muchas veces no sabemos identificar a simple vista), una discapacidad física o un problema crónico de salud. La verdadera fortaleza de guiar no está en exigir que encajen en un molde ni en usar la fuerza, sino en la capacidad de deconstruir esos prejuicios para abrazar la realidad de quienes amamos. Transformar esos patrones, aprender a gestionar la frustración sin agresión y sanar esos vínculos es, también, un acto urgente de salud mental y amor.
3. Familias diversas: El afecto más allá del género, la biología y los retos de la vida
Es tiempo de romper con los moldes rígidos. No podemos seguir pensando en el cuidado familiar bajo los conceptos estrictos de «figura materna» o «figura paterna». Hoy, quienes guían los caminos de las nuevas generaciones lo hacen desde identidades y realidades diversas. Saludamos a las familias donde una madre sostiene de forma independiente el hogar asumiendo ambos roles, a los padrastros y tutores que ejercen la crianza por pura elección del corazón, y a los padres en toda la diversidad de las orientaciones afectivas e identidades de género, incluyendo a los padres trans, quienes demuestran que la capacidad de dar protección nace del compromiso y no de los roles tradicionales.
Esta diversidad también abraza realidades invisibles que desafían a los hombres en sus emociones: como aquellos que conviven con el VIH y que, gracias a sus tratamientos preventivos y al acompañamiento de un profesional de salud, ejercen una paternidad segura y saludable protegiendo a su entorno; o aquellos hombres que atraviesan el doloroso anhelo de la infertilidad, buscando con paciencia y amor otras formas de construir una familia. Para todos ellos, el miedo, el desvelo y la profunda alegría de cuidar son un testimonio de que el lazo se define por el afecto incondicional.
4. Educación integral y salud sexual: Hablar abiertamente en casa
La participación en el cuidado de la salud debe ser integral y preventiva. Históricamente, los hombres suelen postergar su salud sexual debido a estigmas y tabúes, pero una paternidad consciente rompe ese silencio. Implica que los propios padres se informen adecuadamente para poder hablar de sexualidad abiertamente en casa con sus hijos e hijas, sin miedos ni mitos.
Este involucramiento no empieza cuando nace el hijo o la hija; se gesta desde el acompañamiento activo y consciente en los procesos de embarazo y planificación familiar de la pareja. Estar presentes en los controles dentro de los establecimientos de salud, comprender los cambios biológicos, conversar sobre prevención y participar activamente en las decisiones de salud reproductiva transforma el rol del hombre de un observador pasivo a un agente activo de bienestar, confianza y calidez humana.
5. Conclusión: El autocuidado como el legado más valioso
Vivir esta labor con plenitud nos recuerda que el afecto se demuestra, primero, cuidando de uno mismo. Priorizar la salud física, atender la salud mental, romper con los patrones de violencia y silencio, y acudir a tiempo a los controles médicos es fundamental. En este día, el mejor homenaje que las personas que ejercen la paternidad pueden hacerse a sí mismas, y el regalo más valioso para sus familias diversas, es asegurar su bienestar para seguir acompañando, con salud y calidez, el camino de quienes vienen detrás.